Era febrero, una mañana seca y fría, castellana. Había nevado durante la noche más gélida que vio Madrid en aquel invierno, el cielo era de un azul claro vibrante, el sol lucía en todo su esplendor. En el mediterráneo los almendros ya estaban en flor.

Paseaba sin rumbo afligido por diversos acontecimientos que habían vaciado mi esperanza, necesitaba caminar y sentirme vivo. El rumbo incierto me llevó hasta uno de los lugares donde el aire corre más frío y veloz en toda la villa, un lugar de larga historia testigo de antiguas monarquías, repúblicas y dictaduras. Las pétreas figuras de antiguos reyes y gobernantes rendían honores a los que como yo se atrevían a cortar con su presencia la soledad y el silencio que produce el frío, sólo roto por el deshielo de la nieve que cubre los tejados cubiertos y los tejos y magnolios adornados por el blanco puro y virginal.

Sentía como las miradas cómplices de las parejas que por allí pasaban se paraban en quien deambulaba lento por los jardines, yo. Miradas de extrañeza y curiosidad más frías e inhumanas incluso que las de las estatuas que también observaban, éstas impasibles y eternas. La fuente que adornaba el centro de los jardines añadiéndoles grandiosidad y belleza permanecía quieta, su agua congelada no brollaba de los regueros. Metáfora helada del palpitar también congelado de mi corazón.

Decidí parar y apoyarme en uno de aquellos déspotas de mármol que pararían las corrientes de frío que a un hombre criado en el mediterráneo, húmedo y cálido, ya costaban soportar. Fue entonces, al levantar la mirada que había quedado fijada en el suelo, cuando le vi. Él apareció en aquella mañana de brisa áspera y luz pura, olía a nieve. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, desde el dedo más alejado hasta la punta del último pelo de mi cabello, cuando sentí su presencia tan cercana aunque desconocida. De mirada tímida pero alegre, sonrisa contundente y generosa con los demás, cuerpo esbelto pero bien construido -mejor incluso que aquellas estatuas que fueron modeladas en mármol por los griegos clásicos- caminaba pausadamente pero a buen ritmo, casi rápido. Sólo también.

Un instante mágico en el que el deseo se confundió con la realidad, su mirada se dirigió hacia mi figura y paró su caminar. La excusa de la hora devino en una conversación sobre la cotidianidad rutinaria, una conversación típica de ascensor. Pero él olía a nieve.

Sin saber cómo y cuándo nuestro paso, hasta el momento quieto, comenzó a avanzar lentamente, esta vez acompañado por el de un igual. Sin explicitarlo habíamos convenido romper nuestra soledad y el silencio de la mañana. Su cercanía y compañía me embriagaron en cuestión de minutos, tal vez me enamoré entonces o quizás me enamoré al verle caminando por primera vez, lejos y en silencio.

Había ocurrido, al acercarnos el calor que desprendía su presencia y la ternura de sus palabras calmaron el entumecimiento de mis huesos, la escarcha que cubría nuestros hombros se desvanecía por el gélido calor que desprendía aquel sol gigante que adornaba los cielos y el corazón encontraba consuelo en el desconocido. Hay veces en las que es necesario confiar en los desconocidos. Y aquel, además, olía a nieve.

Aquello sólo fue el inicio de una historia que, como toda historia, llega a su final. Como el invierno que se cubre por la explosión floral de árboles y plantas que colorean la ciudad mientras las aves elevan cantos que pueden ser escuchados desde el amanecer con la primavera.

Y a la primavera le sigue la frugalidad del verano caluroso y delirante en el que el olvido se hace presente. Pero más tarde llegará el invierno de nuevo, y con él el recuerdo. Él olía a nieve.

dedicado a quien un día olió a nieve