El niño malo
Al Nobel le han dado el Vargas Llosa, dijo de forma brillante un poeta de las ondas hace unos pocos días. Para celebrarlo no podía hacer otra cosa que echarme a las páginas de alguno de sus libros.
Las Travesuras de la niña mala, era la única novela huérfana del peruano que la estantería me ofrecía. Hay libros con los que se crece, con los que se aprende, con los que se ama, con los que se imagina; incluso los hay que fueron leídos en un momento tan concreto que llegan a ser inseparables del tiempo. Travesuras… es uno de esos, solo mirarlo me daba pavor; sostenerlo y entrever sus páginas me produce vértigo. Una obra sublime aunque difícil que por carambolas del destino llegó a confundirse con la realidad. El papel tiene ese contenido mágico, soñado e imaginado que desde la epopeya de Bastian permanece latente en cada libro.
Terminado, devorado punto a punto con ansiedad que es gula literaria y por tanto algo pecaminoso, no he podido evitar recordar, no a la niña sino al niño; el niño malo de placeres concretos y amores imposibles. Aquel amor frugal pero sincero, que rozó con lo animal sin dejar de ser exquisito y atento; trampolín de una vida a otra que también finalizó. Todavía hoy nuestros caminos se cruzan, con miradas que dicen más de lo que nos contamos, pero seguimos adelante, con el recuerdo vivo. Releer es revivir, repensar y reconsiderar. Un torbellino de sentimientos, de recuerdos que se entremezclan, el amor y el odio se rozan en el baile borroso de la memoria.
Se cierra el libro, se deposita de nuevo en la estantería y vuelven a cerrarse las cicatrices recordadas. Luego, solo escribir, o reescribir. Siempre se reescribe, a estas alturas ya no queda nada nuevo.