No sabía muy bien como empezar estas líneas, ni siquiera estaba seguro de si debía escribirlas. Y mientras lo hago, no termino de estarlo. Todo, porque tampoco estaba seguro de responder a tu mensaje, de responderte, de llamarte, de quedar contigo… Y a pesar de todo, lo hice.

Intenté evitarlo pero pasó. Encontré en ti eso que no se descubre en cualquiera. Más allá de tus ojos tiernos y penetrantes, un hombre sensible y decidido, sin prejuicios pero con mucho valor. Tal vez porque sabíamos que sólo duraría una noche, tal vez porque hay sentimientos que sólo duran una noche.
Será que todavía soy demasiado joven -o menos racional y frío de lo que pretendo ser- pero cada mañana me asomo a la ventana e intuyo el mar, el mismo que admiré una mañana al comenzar el año, sobre los tejados desordenados de Madrid. Y sobre ellos, los cuatro rascacielos que emergen como islas solitarias. ¿Una alucinación? Es posible, pero creo que simplemente he grabado en mi memoria el mar reflejado en tu mirada.

He vuelto a nacer, a sentirme vivo. Porque no hay peor muerte que la que se tiene en vida, cuando el fuego del amor se apaga y el cuerpo se convierte en un peso. Hacía mucho que no amaba, el corazón parecía un órgano atrofiado, incapaz de bombear sangre de nuevo a pesar de las muchas oportunidades, las sonrisas, las miradas y los cuerpos que se abrían ante mí.

Los minutos y las horas se escapan y diluyen entre las muchas o pocas cosas que hacer. Un ritmo acelerado propicia que en un momento dado miremos hacia atrás para descubrir que las horas se han convertido en días, los días en semanas y las semanas en meses. Luego, continuamos de nuevo nuestro camino. Incansables, inalterables.

Una tarde, cuando iba de aquí para allá una mirada me cautivó. Unos ojos como nunca los había visto antes. Unos ojos de una expresión y color indescriptibles. Despiertos, ingenuos y voraces. De un verde azulado o un azul verdoso, ¡qué ojos! Se podía nadar en ellos. Aquel instante supo a Gloria, dio sentido al día –y a la noche- y por un segundo contemplé la Belleza. Nada más, pura y desnuda. La Belleza –así, en mayúsculas- existe. Yo doy fe de ello.

Menos mal que me enseñaron a nadar.

He quemado otro fin de semana sin necesidad de difrutar de la noche que me pierde. Últimamente me he aburguesado y cuando llega el viernes noche tan sólo me apetece sumergirme entre mis sábanas y edredones para disfrutar un reparador y acogedor sueño. Si antes disfrutaba poniéndome en marcha al escuchar el primer tono del despertador ahora encuentro el mayor de los placeres al despertar cuando termina mi sueño sin necesidad ni apremio de nada. Remoloneo hasta levatarme y desayunar con tranquiliad mientras escucho la radio (donde todavía saben hablar sin cometer faltas de ortografía) o veo un capítulo de alguna serie o película de entre las muchas que me quedan por ver. Luego me vuelvo a meter en la cama a leer otro rato.

Puede que me haya convertido en un haragán pero el cuerpo no me pide otra cosa. Desde la ventana veo el gimnasio al que debería ir pero me conformo con algunas abdominales caseras mientras otros cuerpos sudan por mí. Luego vuelvo a mis cosas, esos pequeños placeres que no tienen precio como puede ser el olor del café por las mañanas, descubrir hechos, reales o ficticios, entre las páginas todavía no leídas de un buen libro mientras Schubert o algún otro ponen la banda sonora. ¿Se puede ser más feliz? A veces pienso que no.

A medida que se acerca la noche y recibo alguna llamada que me incita a salir de discotecas vuelvo a sentir como me llama la cama. Declino uno y otro plan que consiste en lo de siempre, demasiado dinero y tiempo para terminar besando y acariciando cuerpos que no volveré a disfrutar jamás. Últimamente mi deseo sexual se ha tranquilizado -algo realmente extraño en mí- pero cuando me apetece tengo agenda de la que tirar o formas solitarias para consolarme. Esto, además, evita desagradables sorpresas como carácteres perturbados o cuerpos disfuncionales.

Tampoco estoy seguro de haber renunciado a lo superficial mientras busco el verdadero amor. Seguramente se trata de todo lo contrario y me he convertido en un hedonista que peca de egoismo que se quiere demasiado a sí mismo como para querer a nadie más. O tal vez eso sólo sea un refugio en el que un corazón herido se resguarda de las heridas de guerra. Y es que de crápula por naturaleza he pasado a veterano del sexo y el amor. No es el momento de escribir sobre los tres hombres a los que he amado, amo y, sin ningún género de dudas, seguiré amando el resto de mis días. Esto puede parecer incomprensible pero no concibo otra forma de amar que no sea esta, de una forma completa, desprendida y entregada en la que no existe límite temporal ni espacial. Soy capaz de amar a más de uno a la vez pero esto es algo que a ellos no puedo decírselo. No lo comprenderían. No es que desmerezca a uno u otro, no es que no sepa lo que quiero en cada momento es que no puedo dejarlos de querer a pesar del tiempo, los fracasos o las decepciones. Esto es lo que me hace ser tan feliz o tan desgracio, según se mire.

Pero volvamos a lo que algunos llaman superficial y en realidad no lo es. ¿Por qué deberíamos renunciar a lo bello? El placer no es algo malo y en demasiadas ocasiones lo encontramos en lo prohibido, en los márgenes de la historia y de la legalidad. Pero no por ello deja de formar parte de nuestra vida. A veces la simple visión de un cuerpo apolinio es suficiente, en otras con un mensaje cariñoso, un gesto cómplice o un silencio regalado. ¡Hay tantas cosas que hacen que la vida merezca la pena! Escribir por ejmplo, aún cuando he terminado por contar algo muy distinto de lo que un principio pasó por mi cabeza pero que los dedos resbalando por el teclado han decidido apuntar según las ideas revoloteaban por mi dispersa mente. Tal vez porque son muchas las cosas que guardo dentro y quiero contarle al mundo aun cuando nadie las lea ni me conozcan. O tal vez por eso.

Debo confesar que no he sido un santo. Me considero una persona bastante normal, más bien tranquila y conservadora, pero los encantos de la noche mezclados con un cuerpo hermoso, una sonrisa deslumbrante o una mirada limpia son irresistibles para mí. Muchos podrían ver por la calle sin imaginar que la noche anterior un desconocido me había parado en una esquina de Chueca para bucear con sus manos en mi bragueta hasta encontrar y acariciar con su lengua mi sexo. Incluso yo echo la vista atrás y me sorprendo por lo que he llegado a hacer. La noche me pierde.

Llevo una vida bastante desordenada en la que las horas de trabajo se amontan aquí y allá en horarios extraños que contradicen a la gran mayoría. Y ahora no me puedo quejar. Tampoco es que me desagrade -tiene sus ventajas no madrugar nunca- pero hubo momentos en los que fue insostenible. Por suerte, una llamada cambió mi vida y me devolvió a horarios más razonables que no implicaban salir de trabajar a la hora en la que los bares de copas cierran y ya sólo quedan discotecas. Pero fue entonces cuando entendí la noche y me eché a sus brazos, sin remisión y sin vuelta atrás. O casi. Porque entonces me cobijaron malas sombras y me llevaron por caminos en los que experimenté los límites de la lujuria y el desenfreno que podrían haber desembocado en cualquier cosa y ninguna buena. Compañías que busqué ciegamente para escapar de otras que no comprendían mis nuevas necesidades ni soportaban el deterioro de mi carácter. Fue entonces cuando se agriaron mis esperanzas y emprendí una lucha contra el mundo que no terminará jamás; fue entonces cuando aprendí a amarme a mí mismo por encima de los demás con sus ventajas e inconvenientes. Por eso, ahora huyo de la noche.

Era febrero, una mañana seca y fría, castellana. Había nevado durante la noche más gélida que vio Madrid en aquel invierno, el cielo era de un azul claro vibrante, el sol lucía en todo su esplendor. En el mediterráneo los almendros ya estaban en flor.

Paseaba sin rumbo afligido por diversos acontecimientos que habían vaciado mi esperanza, necesitaba caminar y sentirme vivo. El rumbo incierto me llevó hasta uno de los lugares donde el aire corre más frío y veloz en toda la villa, un lugar de larga historia testigo de antiguas monarquías, repúblicas y dictaduras. Las pétreas figuras de antiguos reyes y gobernantes rendían honores a los que como yo se atrevían a cortar con su presencia la soledad y el silencio que produce el frío, sólo roto por el deshielo de la nieve que cubre los tejados cubiertos y los tejos y magnolios adornados por el blanco puro y virginal.

Sentía como las miradas cómplices de las parejas que por allí pasaban se paraban en quien deambulaba lento por los jardines, yo. Miradas de extrañeza y curiosidad más frías e inhumanas incluso que las de las estatuas que también observaban, éstas impasibles y eternas. La fuente que adornaba el centro de los jardines añadiéndoles grandiosidad y belleza permanecía quieta, su agua congelada no brollaba de los regueros. Metáfora helada del palpitar también congelado de mi corazón.

Decidí parar y apoyarme en uno de aquellos déspotas de mármol que pararían las corrientes de frío que a un hombre criado en el mediterráneo, húmedo y cálido, ya costaban soportar. Fue entonces, al levantar la mirada que había quedado fijada en el suelo, cuando le vi. Él apareció en aquella mañana de brisa áspera y luz pura, olía a nieve. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, desde el dedo más alejado hasta la punta del último pelo de mi cabello, cuando sentí su presencia tan cercana aunque desconocida. De mirada tímida pero alegre, sonrisa contundente y generosa con los demás, cuerpo esbelto pero bien construido -mejor incluso que aquellas estatuas que fueron modeladas en mármol por los griegos clásicos- caminaba pausadamente pero a buen ritmo, casi rápido. Sólo también.

Un instante mágico en el que el deseo se confundió con la realidad, su mirada se dirigió hacia mi figura y paró su caminar. La excusa de la hora devino en una conversación sobre la cotidianidad rutinaria, una conversación típica de ascensor. Pero él olía a nieve.

Sin saber cómo y cuándo nuestro paso, hasta el momento quieto, comenzó a avanzar lentamente, esta vez acompañado por el de un igual. Sin explicitarlo habíamos convenido romper nuestra soledad y el silencio de la mañana. Su cercanía y compañía me embriagaron en cuestión de minutos, tal vez me enamoré entonces o quizás me enamoré al verle caminando por primera vez, lejos y en silencio.

Había ocurrido, al acercarnos el calor que desprendía su presencia y la ternura de sus palabras calmaron el entumecimiento de mis huesos, la escarcha que cubría nuestros hombros se desvanecía por el gélido calor que desprendía aquel sol gigante que adornaba los cielos y el corazón encontraba consuelo en el desconocido. Hay veces en las que es necesario confiar en los desconocidos. Y aquel, además, olía a nieve.

Aquello sólo fue el inicio de una historia que, como toda historia, llega a su final. Como el invierno que se cubre por la explosión floral de árboles y plantas que colorean la ciudad mientras las aves elevan cantos que pueden ser escuchados desde el amanecer con la primavera.

Y a la primavera le sigue la frugalidad del verano caluroso y delirante en el que el olvido se hace presente. Pero más tarde llegará el invierno de nuevo, y con él el recuerdo. Él olía a nieve.

dedicado a quien un día olió a nieve

Tic-tac, una noche más no consigo dormir. Tic-tac, una profunda oscuridad me rodea. Tic-tac, las agujas rompen el silencio de la soledad. Tic-tac, es el ruido que hace el tiempo al pasar en una extraña ironía que conecta la rutina con el futuro. Cada día los mismos segundos, minutos y horas que se suceden. Tic-tac, jamás se detiene, implacable se lanza sobre nosotros sin apenas darnos cuenta. A veces desaría que los días tuvieran 26 o 28 horas, otros días hasta las milésimas de segundo se alargan interminablemente. Tic-tac.

Aunque éste no es el primer post de este blog sí que es el primero una vez he sido agregado a Blogueros Gays. Gracias al equipo que hace posible el agregador por añadirme como uno más y gracias a todos los que gracias a él deambularéis un día sí y otro quizás no por el blog.

Por el momento poco más. Os invito a leer lo poco que escrito y prometo ir actualizando con nuevas reflexiones y experiencias. Un saludo a todos.

Más de una vez me han clavado un cristal en el corazón, lo que nunca me había ocurrido es que uno se me clavara en el pie. Y eso a pesar de las deportivas que llevaba puestas. Ocurrió el sábado por la noche en una discoteca a la que nunca había ido -todavía quedan algunas por descubrir-. Una de esas que tanto me gustan; subterráneas, lúgrubes, oscuras y abarrotadas de la flora y fauna más variopinta que uno pueda llegar a imaginar.

Fue allí donde volví a sentir el calor del alcohol recorriendo mis venas tras más de un mes de abstinencia -¡con lo que yo he sido!- lanzándome a jugar con mi corazón. Veinteañeros irrestibles que parecían querubines y hombres ardientes con mucho  recorrido hicieron el resto. Apunto estuve de caer en un error o de subsanarlo, todavía no lo sé, pero al final terminé huyendo. Escapé movido por el miedo, por ser incapaz de reconocer un remolino de sentimientos que van desde la amistad pasando por el amor hasta el calentón. Esa mezcla, a veces pocos diferenciada es la que me dejó fuera de juego, sin saber qué hacer ni cómo reaccionar. Miedo, miedo a dar un paso que nunca me atreví a dar y que sigo sin atreverme a dar.

Nada más llegar a aquel local pisé unos vasos rotos que había en el baño mientras meaba. Sentí como crujía bajo todo mi peso pero no le di mayor importancia. La sorpresa fue que al aborcharme la bragueta para salir note como era incapaz de apoyar completamente la planta del pie sin sentir una extraña pero dolorosa presión. Levanté la pierna y observé medio vaso clavado en el zapato, y eso que era de primera marca. No con poco esfuerzo conseguí arrancarlo para volver a la pista de baile donde, allí sí, me calvé un cristal en el corazón. Todo empezó como un baile a tres, una tontería sin importancia. Pero el jugueteo inofensivo dio paso a arrumacos y besos. A tres, siempre a tres. Nunca me había parecido algo parecido. Pero la tríada se rompió ante la necesidad imperiosa de ir al baño, donde una muralla humana nos separó dejando una pareja por un lado y a quien esto escribe apoyado sólo en la barra. Aguanté cinco minutos, muchas cosas pasaron por mi cabeza y se hicieron eternos. No aguanté, temí que una tontería pudiera terminar con la amistad.

Él tiene novio, nunca nos hemos abierto los corazones pero siempre he creído que me amaba. Tal vez todavía sea así. Yo no estoy seguro de  saber si le quiero, le he querido o lo querré algún día. Tengo miedo, estoy confuso y escapé. Mientras subía las escaleras escuché mi nombre a voz en grito sobreponiéndose al barullo de la multitud. Allí estaba él rogándome que no me fuera mientras terminaba de abrocharme la chaqueta. Le mentí diciéndole que estaba cansado, le besé en la frente desde la altura, y desaparecí.

Otra noche de cristales rotos, pedazos de corazón desperdigados por el suelo mientras atravieso la ciudad sin volver la mirada atrás.

Necesito escribir. Al teclear una palabra tras otra siento que controlo algo y no estoy desencaminado pues en ese momento soy creativo. De la nada hago y deshago, invento y modelo la realidad a mi gusto sin importar si lo que realmente dejo negro sobre blanco ocurrió o fue el fruto de la imaginación. Este coqueteo con el engaño no sólo despista al lector despierto sino que consigue enmascarar mis recuerdos. No me considero una persona mentirosa -apenas sé mentir, a nadie me enseñó y nunca me esforcé en aprender- pero sí tengo una muy mala memoria. Catastrófica. Y es en este punto en el que el recuerdo se hace uno con el sueño y lo vivido se mezcla con lo imaginado cuando nacen algunas de las mentiras que realmente no lo son. No lo son porque ni soy consciente ni puedo diferenciarlas de las verdades.

Pero no sólo necesito plasmar esas mentiras para que consten como verdades y llevar lo cierto a lo ridículo hasta que deja de serlo. Necesito escribir como impulso interior de esa otra gran ficción que es el amor. Y el desamor. Un corazón rasgado que vierte su sangre en el suelo fértil de la melancolía y el despecho, terreno abonado en el que fácilmente germinan los pocos atisbos de genialidad que puedo llegar a rozar. Una felicidad atemporal aunque etérea en la que me zambullo para superar los baches más profundos. Y así fue siempre hasta que decidí emprender esta nueva aventura bloguera lejos de la morada en la que escribo refugiándome en un sosegador anonimato. Sólo así creo haber superado esa sequía anímica que me helaba el cerebro. Aunque tal vez lo que realmente tenga congelado sea el corazón pues últimamente me quiero tanto a mí mismo que no me veo capaz de amar a nadie más. Es posible que esta dolorosa confesión esconda otro engaño, o simplemente sea la razón de porqué todo cuanto escribo es, en realidad, un canto de amor a mí mismo.

Si Lenin se preguntó sobre la necesidad de la libertad yo, esta noche, me pregunto para qué seguir escribiendo. ¿Por qué entonces? Porque lo necesito, porque realmente no sé hacer otra cosa.

A pesar de que me gustan los hombres me considero un hombre como los demás. No me considero miembro de comunidad alguna con patrones de comportamiento o formas de pensar diferentes por eso. No, yo soy marica y no me avergüenzo de serlo, sin que ello enmascare lo que es una obviedad: soy hombre.

En el mundo de lo políticamente correcto estas palabras chirrían pero yo soy políticamente incorrecto. Desde que tengo memoria he sentido un impulso por llevar la contraria y preguntarme el porqué de las cosas, indagar en las razones últimas y encontrar las raíces de lo que para otros son mantras o repeticiones de argumentos que han escuchado pero que no han comprendido necesariamente. Aborrezco el movimiento gay y no entiendo como los homosexuales permiten ser manipulados por políticos y medios de comunicación que nos utilizan como bandera de la modernidad para sacar un puñado de votos destruyendo, de hecho, todas nuestras expectativas de vida. Con esto no pretendo convertirme en el portavoz de nadie salvo de mí mismo.

Con un cuarto de siglo a mis espaldas -que ya pesa- e incontables noches de locura y desenfreno, puedo decir que he vivido bastante, o suficiente como para tontear con muchos de los peligros de la noche. Tampoco he renunciado ha explorar los aciagos caminos del amor encontrando al final el mismo destino: o han jugado conmigo o yo con ellos. He sido un canalla, me arrepiento pero seguramente no dejaré de serlo. He llegado a la conclusión de que me quiero demasiado como para querer a otras personas. No es que naciera así de frío, es que las experiencias me han ido curtiendo convirtiendo el amor en un recuerdo.

“Yo”, hasta ahora solo he hablado de mí pero esto trata justamente de eso, ¿o qué esperabas encontrar? Así que seguiré hablando de mí. Puedo parecer egocéntrico, y lo soy. No os extrañéis si a pesar de tener buen concepto de mí soy un receptáculo de muchos vicios y escasas virtudes. La pereza me puede en la mayoría de casos y el instinto gana casi siempre a la razón. Tampoco me considero inteligente ni apto para nada concreto, tampoco he sido agraciado con una memoria de elefante o un físico descomunal. Tal vez, mi única virtud sea mi cabezonería que me lleva a salirme con la mía siempre, o casi siempre. Algunos pensarán que eso no tiene porque ser una virtud pero yo sí lo creo, sin servir para nada he conseguido bastantes cosas con un poco de empeño y no pocos sacrificios. Pero claro, eso puede hacerlo cualquiera y no es difícil ser más listo o fuerte que yo por naturaleza.

En definitiva, y como iréis descubriendo de ahora en adelante, no soy más que un hombre como los demás.